Andrés Suárez Barrientos (Arquitecto)

Cine y Arquitectura | Número 6 | Enero-Febrero 2016| Dossier Pantallas

Contemplo el dispositivo, mientras le doy vueltas en mis manos. VR, se llaman, o gafas de Realidad Virtual. Fusión de dos lentes parabólicas, un compartimento para colocar el móvil, y una cinta para mantenerlas sujetas a la cabeza.

Coloco mi móvil en el compartimento delante de las lentes. En él, está cargando el vídeo Dreams of Dalí, obra audiovisual de 360 grados que se expone desde el 23 de Enero en el Dalí Museum de San Petersburgo. Tranquilos, no estoy de vacaciones en Florida, cualquiera puede acceder a la obra a tráves del canal de YouTube del museo, y disfrutarla desde casa en todo su esplendor. Inspiro hondo, cual buzo antes de ponerse el casco, y me coloco el aparato, dispuesto a sumergirme en la mejor representación digital que se ha creado hasta ahora del universo daliniano.

Tras unos segundos de confusión, aparece ante mí un inmenso páramo. La llanura inabarcable del subconsciente. Lo reconozco, estoy en el cuadro Archeological Reminiscence of Millet”s Angelus, pintado en 1935 por el artista. Lo observo girando la cabeza a izquierda, a derecha, miro hacia arriba y veo el cielo estrellado. Contemplo maravillado el paisaje de ensueño que me envuelve, y pienso que al genio le habría fascinado ver su obra plasmada en la cumbre de la representación estereoscópica. En el horizonte veo una luna circular, atravesada por afiladas nubes, y caigo en que me recuerda a una famosa escena de Un Perro Andaluz, obra maestra del cine surrealista y primera colaboración de Dalí en el mundo del cine, hace ya casi un siglo. Pienso que la relación del pintor con el mundo audiovisual viene de lejos, y que sus affaires con el cine no fueron pocos.

Continúo avanzando y percibo algo distinto a lo lejos, unas majestuosas esculturas. Noto que me dirijo hacia ellas. Parecen dos figuras, un hombre y una mujer enfrentados, opuestos que se complementan. El tamaño de ambas es inmenso. Al acercarme veo que se trata de dos torres de piedra, dos superestructuras que desafían toda lógica. A través de una pequeña puerta, cruzo una de las torres, la que tiene forma de mujer. Oigo un sonido, y veo sobre una mesita uno de los famosos teléfonos-langosta del artista. Dicen que la langosta y el teléfono tenían interpretaciones sexuales en sus obras. “Y qué no lo tenía“, me pregunto.

Paso a la parte de atrás de las torres y las observo. Parcialmente derruidas, dejan al desnudo parte de su arquitectura interior. Ya no parecen un hombre y una mujer, se trataba de una pareidolia, una ilusión generada por la perspectiva.

Dalí atraviesa mis retinas una vez más con su afilado surrealismo. Nada es lo que parece, y mis sentidos parecen engañarme constantemente.

A lo lejos, veo un edificio desproporcionadamente alto y cubierta inclinada.

Un hombre se arroja al vacío desde el tejado, mientras otra figura sin rostro observa la escena desde detrás de la chimenea. Exactamente igual sucedía en Spellbound (Recuerda, Hitchcock, 1945 ), en la secuencia del sueño deGregory Peck.

De pronto, aparecen cuatro elefantes. Sus patas son tremendamente largas, parece que van flotando sobre el cielo y que mantienen una frágil conexión con el mundo a través de sus aguzadas extremidades. Que curiosas paradojas espaciales se producen en este lugar, nada es racional aquí, solo hay imágenes que evocan reflejos de otras realidades. Paranoia crítica. Recuerdo el rechazo del genio “a la fría racionalidad del arte moderno” expuesta en los documentales Dalí en New York y Caos y Creación. Era en este último donde recreaba una pintura de Mondrian utilizando cerdos, palomitas de maíz y una modelo ligera de ropa.

El sueño continúa y comienzo a elevarme, a flotar rodeando las torres. Paso volando entre las columnas de piedra de lo que parecen las ruinas de algún templo. A lo lejos veo otra roca congelada en medio de la infinita llanura, con forma de hombre y un reloj grabado. El hombre rompe sus ataduras de piedra y despierta, para perseguir a una mujer a través de un laberinto que surge lentamente de la arena. Esta vez es una toma de Destino, el corto de animación resultado de su colaboración con Disney, inacabado y finalizado por la compañía como homenaje póstumo.

Sigo con mi viaje, rodeo las torres, y entro a toda velocidad en la segunda. En el interior me saluda el holograma de Alice Cooper, mientras se escucha de fondo Halo of Flyes. Es verdad, pienso, las moscas era otro de los temas que obsesionaba al loco de Cadaqués.

Asciendo de nuevo, recorriendo una escalera de caracol que parece no tener fin. Voy observando el horizonte a través de una serie de ventanas, hasta que, finalmente, me deslizo por una de ellas. Flotando en las alturas, me deleito con la visión del singular paisaje onírico. Es entonces cuando llego a la cúspide de la torre, y sobre ella veo un huevo gigante, que se resquebraja, y se rompe dejando salir al propio Dalí de su interior.

Un momento, esto no era parte de la simulación. Esto es el documental Autoportrait Mou, sobre la vida de Salvador y su esposa Gala en su mítica casa de Portlligat. Contemplo la blanca villa, de caprichosas formas. Observo los riscos de piedra que la rodean, aquellos que inspiraron tanto el imaginario del artista, y siento un extraño hormigueo en las manos. ¿Qué estoy haciendo aquí?

Es entonces cuando me despierto, y comprendo que tal secuencia de imágenes no podía ser otra cosa que producto de un sueño. Me desperezo y me dispongo a escribir, mientras aún persiste en mi memoria la voz del maestro: “lo más importante de mi obra no es ni la pintura, ni la escultura, ni la escritura, sino mi particular cosmogonía, mi visión del mundo”. Observo una última vez las gafas VR, y pienso que Dalí, como el mismo dijo una vez, nunca morirá del todo.