GUEORGUI KRÚTIKOV. La ciudad voladora, utopía y realidad/

GEORGII KRUTIKOV. The Flying City and Beyond

Autor.: S. O. Jan-Magomédov.

Ed.: Tenov.

60 pp. / 25 €.

Cine y Arquitectura | Número 7 | Septiembre 2016| Libros

 

“He conversado con docenas de maestros y creadores de la vanguardia arquitectónica soviética. La mayoría de ellos, al hablar de los proyectos más importantes de los años veinte, hicieron mención a La ciudad voladora de Krútikov […] y muchos afirmaban que era una creación excepcional”. El investigador ruso Selim Omárovich Jan-Magomédov lo dice con orgullo a la mitad de su ensayo biográfico sobre el malogrado arquitecto ruso para dejar constancia de que la “ciudad del futuro”, el nombre original con el que el autor había bautizado su proyecto, era un mito que se suponía perdido hasta que él encontró la documentación y pudo publicarlo con cuarenta y cinco años de retraso.

Jan-Magomédov fue más allá y en 2008 publicó en ruso este análisis del proyecto de Krútikov y de su posterior trayectoria y Llorenç Bonet ha tenido el acierto de editarlo en español e inglés en su editorial Tenov.

La virtud de este ensayo no está sólo en la vindicación, necesaria, de Krútikov y sus sueños de juventud. El proyecto de la ciudad voladora y la posterior evolución de Krútikov permite al lector aproximarse al fascinante mundo de las escuelas de Artes y Oficios rusas de los años veinte, las Vjutemás, un mito a la altura de la Bauhaus que las mentes más brillantes de la historia reciente de la arquitectura siempre han tenido como influencia confesa, y al drástico exterminio de todos los sueños de creatividad y progreso que habían supuesto con la llegada del estalinismo. Krútikov, que en su juventud había logrado elevar el debate académico hasta esos cielos donde planteaba suspender sus edificios, con revuelo y polémica, acaba construyendo el metro de Moscú en el nuevo, plano y oficial lenguaje del post-constructivismo.

A pesar de sus éxitos, según reconoce su viuda, Krútikov no estaba contento con su actividad creativa, y encontrará refugio en la lucha por la conservación del patrimonio. El joven fascinado con los dirigibles y los viajes al espacio, con las posibilidades de una arquitectura móvil, con el debate tan contemporáneo de repensar la densidad urbana y hacer un uso racional de la tierra y de los elementos con los que la habitamos, se convierte en un adulto que en pleno estalinismo sólo puede encontrar refugio a su fe en el progreso y el ser humano en una defensa insobornable del patrimonio tradicional ruso. Convertido en subdirector de la Oficina de Inspección para la Conservación Estatal del Patrimonio Arquitectónico, parece que Krútikov ejerce con tal celo su puesto que niega prácticamente poner la firma a la demolición de cualquier monumento arquitectónico. Sus jefes, cansados del idealismo de Guerogui Krútikov, le tienden una trampa, lo amonestan y finalmente lo despiden. Krútikov enfermó y murió angustiado tratando de reunir los documentos que probaban la injusticia que se había cometido con él.

Y aunque no lo logró entonces, estudios y libros como el de Jan-Magomédov sí lograrán que su nombre, su fe en el debate, su curiosidad inagotable y su compromiso con el progreso de la humanidad se sitúen en el lugar que se merece el joven estudiante que soñó con liberar la tierra, racionalizar la vivienda en el espacio y habitar en los medios de transporte en el año 1928.