THE HATEFUL EIGHT

Drama/Estados Unidos/ 2015/167 min.

Dir.: Quentin Tarantino.

Fot.: Robert Richardson.

Rep.: Samuel L. Jackson, Kurt Russell, Jennifer Leigh, Bruce Dern, Tim Roth

 Nacho Balbona

Cine y Arquitectura | Número 6 | Enero-Febrero 2016| Perspectivas

Sólo en cuatro paredes. Así se desarrollará la mayor parte de la trama de la última película de Quentin Tarantino. Este concepto de caja es repetitivo en la historia tanto del cine como del teatro donde se considera “la cuarta pared” a la que separa los actores de la audiencia, -en cine será la pantalla pero en ocasiones este elemento “se rompe” y el actor podrá interactuar con el público, transformándose en tu narrador personal, para así conseguir crear un vínculo afectivo más profundo. Esto ocurre en Amélie (2001) o en la más reciente serie de televisión House of Cards. Los Odiosos Ocho coge este concepto de caja y lo aprieta. Utilizará una sola estancia, planos y un formato específico de cinta para situarte dentro de la acción, y romper esa caja. Poco que no se hubiera hecho ya antes, pero Tarantino es famoso por tomar referencias y retorcerlas para devolverlas con su sello particular. Su búsqueda de la inspiración se basa en un más que vasto, probablemente obsesivo, archivo mental del cine de cualquier época conocida?

Eso sí, su amor por lo clásico es latente en cada fotograma.

Su receta: Tomar un lenguaje existente, lanzarlo en otro contexto a priori incoherente, bañarlo de sangre y llenarlo de diálogos grandiosos. Marca de la casa. ¿Sencillo no?. Y sí, muere gente, es una peli de Tarantino, ¿Qué esperabais?.

Fiel a sus fetiches y paranoias, decidió rodar con lentes antigüas y en cinta de 70mm, lo que viene a ser un formato ultrapanorámico, muy utilizado en los Westerns de los 60, que normalmente te limitarías a emplear si quisieras documentar la inmensidad del desierto del Gobi y poner en escala el tamaño del ser humano y su soledad. Pero Los Odiosos Ocho transcurre en una sola estancia… ¿Por qué los 70mm entonces? Pues porque a Tarantino se la traen floja las convenciones. De hecho, huye despavoridamente de ellas. Eso y porque el contraste de este superformato combinado con planos cortos consigue crear un efecto totalmente contrario a la amplitud del paisaje, introduciéndote en escena, casi invadiendo la privacidad de los personajes, pegándote a su cara, viendo su ira, viviendo su venganza.

Estamos en la Norteamérica post Guerra de Secesión, Abraham Lincoln acaba de abolir la esclavitud y en medio de una gran ventisca al pie de Las Montañas Rocosas nos vamos encontrando con ocho personajes variopintos, presentados a lo largo y ancho de una primera hora ligeramente densa. Mejorará. Dos cazarrecompensas, una forajida con destino la horca, un hombre que dice ser Sheriff, un general confederado, un verdugo, un vaquero, y un mejicano a cargo del establecimiento quedan finalmente atrapados en una hospedería en mitad de la nada. Pero nada es lo que parece, claro. Falta la dueña, Minnie, y mientras las desconfianzas empiezan a brotar nos hundimos en un divertido Quién Es Quién, en el que casite sientes como un sospechoso más, combinado con una versión Western de Gran Hermano, que sustituye los cotilleos e incultura por conversaciones absolutamente épicas, en las que los actores ayudan, y mucho: Samuel L. Jackson y Tim Roth, habituales del señor Quentin, ademásde Kurt Russell y Jennifer Jason Leigh como destacables. El aire se irá espesando como las buenas recetas de la abuela: a fuego lento. Recuerda a Carnage (2011) de Roman Polanski. En donde dos matrimonios –también en una sola habitación durante toda la duración de la película- mantienen una conversación sobre la pelea de sus respectivos hijos, la tensión en la sala de estar se podrá ir palpando progresivamente más y más hasta que la trama explota en las caras de todos, actores y audiencia. Paralelamente, en La Posada de Minnie iguales medidas de nadie en quién confiar, confusión y paranoia agitadas con altas dosis de racismo y violencia se mezclan en un coctel perfecto, marcado a su vez por el humor macabro de conseguir hacer reír al espectador en mitad del caos más desconcertante y sangriento. Nadie hace eso como Quentin.

Quizá lo más llamativo probablemente sean las relaciones entre este grupo de personajes, encerrados el tiempo suficiente en un lugar, que sacará lo peor y lo mejor de ellos. Se matarán o se amarán. Quizá ambas. En cualquier caso, los resultados serán sorprendentes seguro, aunque no es la primera vez que vemos este recurso en el cine, ni siquiera en el de Tarantino. Un gran ejemplo similar a Los odiosos Ocho que aplica este sistema es Reservoir Dogs (1992).

Estre largometraje, el primero de este curioso director, es toda una demostración de poderío en la que enseña a hacer una obra maestra con todos sus personajes metidos en cuatro paredes. Dando una continuidad casi absoluta al desarrollo de la trama. Al igual que había hecho Hitchcock en La Soga (1948) adaptando una obra de teatro, consiguiendo dar una aparente ininterrupción a la acción. Algo similar haría Alejandro G. Iñarritu en Birdman o la inesperada virtud de la ignorancia (2014) para terminar ganando el Oscar a Mejor Película ese año. No creo que Los Odiosos Ocho llegue a tanto este año, sin embargo su valor esta fuera de toda duda.

Pese a que no lo parezca, yo no soy el mayor fan de Tarantino, así que lo reconoceré, no me gusta Pulp Fiction. De todos modos, el arte apasionado es innegable, tanto como la devoción de este excéntrico hombre hacia el género y sus películas, que es una evidencia mayúscula. Intentando siempre empujar los límites, da como resultado productos muy personales. Ser único no es fácil, menos aún en cuatro paredes. Bravo.