Pedro Hernández Martínez (Arquitecto. Coordinador editorial de Arquine)

Cine y Arquitectura | Número 6 | Enero-Febrero 2016| Dossier Pantallas

Que arquitectura e imagen están obligadas a entenderse no debería sorprender a nadie a estas alturas. Es ya bastante conocida la tesis de la historiadora y arquitecta Beatriz Colomina en la que expone que la arquitectura moderna es inseparable de lo mediático (1).

 La arquitectura –nos dice– es un juego de representaciones, estamos atrapados entre imágenes. Lo es antes de construirse, lo es una vez ejecutada. Antes, es retrato futuro de lo que está por venir, ensueño o deseo de un arquitecto.

Después, la fotografía y las publicaciones nos ayudan a enfocarla, nos permiten fijarnos en sus espacios, en cómo se ocupa o como la luz la ilumina. La consumimos. Más como imagen que cómo experiencia personal. ¿Cuántas de las más destacadas obras de la arquitectura hemos visitado realmente? ¿Cuántas conocemos sólo a través del papel o la pantalla? ¿Implica eso que no podamos entenderla? Esta relación entre imagen y arquitectura comenzó en el siglo XX. La imprenta ya estaba bastante consolidada, publicar era más barato y las posibilidades de distribución habían mejorado; comenzaron a circular los primeros manifiestos, luego aparecieron las primeras revistas; superada la mitad de siglo la arquitectura se fotocopiaba. Comunicarse se hizo cada vez más accesible para el bolsillo. La arquitectura se convirtió en una idea que circulaba de la mano de revistas consolidadas o fanzines emergentes. Entre tanto, llegaron los premios, los arquitectos estrella recibidos como héroes, las exposiciones monográficas en torno a un tema en museos. Salir en determinadas revistas o estar en ciertas exhibiciones era una imagen de prestigio. Llegado a cierto estatus, hacer un buen libro de tu obra casi era una necesidad imperante. Los pilares para la construcción de una exitosa carrera. El arquitecto forjado a sí mismo a golpe de impresión.

Y llegó internet. Y las redes sociales. Blogger, Facebook, Twitter, Instagram, Youtube lo transformaron todo. Las posibilidades eran otras. ¿Quién quiere a las revistas cuando puede compartir su trabajo directamente, sin soberbios editores que juzguen tu obra?

¿Quién necesita costear una publicación cuando por lo poco que vale una conexión a internet puede subir cientos de imágenes y textos? En 2013, David Basulto, uno de los creadores de ArchDaily –un blog con más de 40 millones de visitas anuales– entonó la muerte de la critica en arquitectura: ¿Quién la necesita cuando tenemos likes? (2) Basulto considera que ésta es una forma más democrática de realizar el ejercicio, pues no se basa en consideraciones de uno solo, sino en la suma de millones de usuarios tecleando detrás de las pantallas. Una maraña de datos que ha arrojado al pesimismo a autores consolidados como Josep María Montaner. En el mundo digital, nada puede superar al me gusta, ¿para qué esforzarse entonces?

Los enfoques de ambos autores muestran una preocupación parcial, pues eluden hablar de otras formas de crítica y pensamiento que han aparecido como consecuencia de ello. Al nacimiento y auge de las webs especializadas y la muerte y decadencia de las más clásicas revistas de arquitectura, les acompañan cientos de nuevas publicaciones desde las que se emite y desgrana lo más interesante del panorama arquitectónico actual. Sí aciertan, sin embargo, al destacar la importancia de los nuevas redes sociales a la hora del aprendizaje.

La crítica tradicional perece porque tiende a pasarlos por alto, considerándolos banales, fuera de consideración académica, y sigue enfrascada en la idea de considerar el proyecto de arquitectura como un objeto que debe ser analizado aislado del contexto comunicativo que las envuelve.

Como se apuntó antes, el universo arquitectónico está vinculado al mediático, estos espacios son imprescindibles para pensar lo contemporáneo. Pensadores como Vilém Flusser, por ejemplo, ya defendían en los albores del mundo digital que esta nueva naturaleza de imágenes –que él denomina técnicas– cambiaría por completo la manera en que imaginamos, esto es, la forma en la que producimos imágenes, al tiempo que transforman radicalmente el modo en el que vivenciamos y valoramos el mundo (3). Con estas nuevas fórmulas nos encontramos ante una evolución en cómo se comunica la arquitectura, en especial ahora que hay una mayor facilidad para propagar la información y una oferta excesiva que puede diluir la fuerza del mensaje, y, como consecuencia, ante la transformación de la producción del propio arquitecto.

La proliferación de cámaras digitales permitió liberar a la fotografía de una de sus principales limitaciones, el rollo fotográfico, que acotaba el número de disparos que podían realizarse. Hoy se encuentra colapsada. Cada uno de nuestros teléfonos no es sólo una cámara fotográfica potencial sino un microordenador desde el que compartir e informar de todo lo que vemos. El incremento de vistas e imágenes resulta tal que capitalizar esa masa de información se convierte en un autentico quebradero de cabeza para fotógrafos,arquitectos e instituciones, encargadas de la producción y difusión del discurso. Tal es el caso de lugares tan prestigiosos como el MoMA de Nueva York que a la hora de establecer las bases de su concurso para el Young Architecture Program 2015, exigía a los arquitectos participantes atender a la necesidad de que el objeto u obra, debía potenciar e incrementar la difusión que tenía la institución en plataformas como Instagram (4). Una condición así afecta a la arquitectura tanto en su visualidad, convirtiéndose en un objeto no sólo atractivo sino con potencial efectista, como en su capacidad para fomentar breves experiencias colectivas. La arquitectura, incluso aunque la tengamos delante, pierde su experiencia en primera persona, se embebe en nuestras pantallas y se filtra mediada a través de nuestros teléfonos y ordenadores. Consciente de ello, necesita transformar su esencia material. Ya no hay volúmenes bajo la luz, sino efectos, colores vivos y experiencias veloces. En este mundo nada dura y la arquitectura debe volverse más superficial, más liviana y más inestable, la estructura es un simple soporte de pieles cambiantes. La velocidad imperante del mundo digital obliga a la arquitectura a convertirse en un producto que necesita estar en constante rendimiento, capaz de crear cientos de situaciones distintas. Atosigados por el timing, se destruye la profundidad y se niega la contemplación, se desplaza la mirada detenida hacia una fugaz. El ojo se cansa rápido. Las publicaciones buscan impactar por encima de opinar. El tiempo que damos a la lectura implica el de la reflexión (5). La crítica se disuelve o se escapa marginal hacia nuevos lugares. La premura de lo digital arrastra todo a la superficie: se reducen los textos, escritos, exposiciones y comentarios a no más allá de un párrafo incapaz de decir nada más que todo está bien; los discursos pasan a ser lemas y las arquitecturas se explican con hashtags en los que acumular y concentrar las fotos de unos visitantes con ganas de hacer checking y decir: «yo estuve aquí, tú no». Llegados aquí, la arquitectura es simple carne de selfie condenada a las pantallas (6).

En el nuevo mundo, la arquitectura fluye, se consume y se descompone en miles de bits. Circula y se entiende desde nuevas perspectivas que dejan obsoletas las conocidas. Fotógrafos, críticos y arquitectos, que hasta hace poco ostentaban la autoridad en la comunicación y difusión de las ideas, pierden su papel y se adentran en una vorágine que les impiden controlar su narrativa.

Ante tal situación, nuestra obligación pasa por apropiarnos de estas tecnologías, adentrarnos en su código, y establecer nuevas formas de producción e imaginación más allá de lo conocido, fuera del torrente consumista que nos aplasta. Quizás sólo así podamos parar por un momento y pensar hacia dónde orientarnos después.

(1) COLOMINA, Beatriz. Publicidad y privacidad. La arquitectura moderna como medio de comunicación de masas. CENDEAC, 2010.

(2) BASULTO, David. Towards a new architecture. Fulcrum 13, 2013. Disponible en http://fulcrum.aaschool.ac.uk/67/. Revisado el 19 de febrero de 2016.

(3) FLUSSER, Vilém. El universo de las imágenes técnicas. Elogio de la superficialidad. Caja Negra Editora, 2015.

(4) Entrevista a Andrés Jaque realizada por el autor para Arquine, pendiente de publicacióna la hora de realizar este texto.

(5) VIRILIO, Paul. Velocidad y política. La Marca, 2006.

(6) STEYERL, Hito. Los condenados de la pantalla. Caja Negra Editora, 2014.